MONET IMMERSIVE ART EXPERIENCE “MONET INMERSIVO” TEATRO COLON BUENOS AIRES

STEFANO FAKE & THE FAKE FACTORY 

BIOGRAFIA Y POETICA

Stefano Fake es un artista visual y director creativo italiano, fundador del estudio The Fake Factory en Florencia en 2001. Desde comienzos del siglo XXI desarrolla una línea de investigación centrada en la animación, el arte digital y los lenguajes audiovisuales, articulando prácticas de dibujo, estrategias narrativas y tecnologías contemporáneas con el fin de configurar universos visuales de marcada densidad poética y simbólica.

The Fake Factory es un estudio creativo dedicado a la producción de obras de arte digital, instalaciones inmersivas y proyectos audiovisuales destinados a museos, instituciones culturales y contextos urbanos. Su práctica se caracteriza por la integración sistemática de imagen, sonido y espacio, así como por una atención constante a la dimensión narrativa y estética de los dispositivos tecnológicos.

La dedicación de Stefano Fake y The Fake Factory al arte digital inmersivo responde a la consideración de este lenguaje como un medio idóneo para abordar el espacio y el tiempo como materiales artísticos, utilizando los medios digitales como soporte técnico. La inmersividad posibilita la construcción de entornos visuales que no se reducen a la contemplación, sino que implican una experiencia corporal y temporal del espectador, transformando la obra en un dispositivo perceptivo y narrativo.

La investigación de Stefano Fake se origina en un interés por el imaginario, el símbolo y la composición visual en movimiento. En este marco, lo digital se configura como una herramienta para la elaboración de universos poéticos y visionarios, en los que luz, color, ritmo y sonido contribuyen a una auténtica dramaturgia del espacio. Desde esta perspectiva, el arte inmersivo constituye una evolución coherente de su trabajo previo en animación y videoarte, desplazado desde la pantalla hacia el ámbito ambiental.

Lejos de una instrumentalización meramente espectacular de la tecnología, su práctica se orienta a la exploración de nuevas modalidades de relación entre la obra y el público, en las cuales el espectador deja de ocupar una posición exclusivamente contemplativa para integrarse en un ecosistema visual. La inmersividad se define así como una práctica artística que investiga las relaciones entre cuerpo, imagen y temporalidad, abriendo el campo a formas de recepción más sensoriales y reflexivas.

A partir de 2012, Stefano Fake y su estudio comienzan a trabajar en exposiciones digitales inmersivas dedicadas a los grandes pintores del pasado: Klimt, Monet, Van Gogh, Matisse, Magritte, Leonardo da Vinci, Miguel Ángel y Modigliani, entre otros. En el transcurso de pocos años, el formato de las exposiciones inmersivas se expande primero en Europa y posteriormente a escala global, y las muestras concebidas y realizadas por Stefano Fake y The Fake Factory se convierten en referentes fundamentales, contribuyendo de manera decisiva a la definición del lenguaje y de la estética de las exposiciones inmersivas a nivel internacional.

Las obras de Fake consisten principalmente en salas inmersivas en las que el artista interviene mediante videoproyecciones, efectos de luz, signos gráficos, formas, colores, paredes reflectantes, sonidos, ruidos y sensaciones olfativas y táctiles. El arte inmersivo de Fake apela a los sentidos del visitante e invita a un diálogo humano antes que estético. Busca su complicidad. Sus espacios son, ante todo, contenedores de emociones. La forma se construye en torno a la presencia humana. La verdadera fuerza del artista reside en su habilidad para alcanzar el corazón de la experiencia humana.

Sin duda, Fake es el primer artista italiano en establecer de manera convincente las bases de una estética inmersiva y relacional en el arte digital, desde su primera instalación Room with Colour TV, presentada en Weimar en 2001, y posteriormente con Ambienti (di nuova sensibilità), presentada en Florencia en 2002. Estas obras incluyen de manera intencionada la participación del público en la construcción o definición de la obra de la que forman parte. El trabajo de Fake es, precisamente, un continuo esfuerzo por abrazar, envolver e involucrar a las personas de manera sensorial, mental, espiritual, emocional y lúdica. El propio Fake ha definido la esencia de su arte con esta frase: “El arte es juego, ¡juguemos juntos!”, rindiendo homenaje a Federico Fellini (“¡la vida es una fiesta, vivámosla juntos!”) y al artista conceptual que marcó el paso del arte moderno al contemporáneo, Marcel Duchamp (“El arte es un juego entre todos los hombres de todas las épocas”).

Andy Warhol solía repetir que, desde su punto de vista, el pop art era sobre todo “una manera de amar las cosas”. Parafraseando sus palabras, hoy podemos decir que el Arte Inmersivo creado por Fake es, sobre todo, “amar a las personas”. Porque en las instalaciones inmersivas existe un aspecto relacional importante y fundamental entre el artista y el visitante. El hecho de denominarlas “Experiencias de Arte Inmersivo” (Immersive Art Experience) ya evidencia el cambio de paradigma que propone Fake.

La calidad de la realización audiovisual o los aspectos puramente tecnológicos, aunque determinantes en el resultado estético final, pasan a un segundo plano. Para Fake, lo principal es la experiencia del visitante: ser envuelto en la luz, en las imágenes y en los sonidos, dentro de espacios aumentados sensorialmente gracias al uso poético de las tecnologías. No se trata de rodear al espectador con grandes imágenes ni de sorprenderlo con efectos lumínicos fáciles, sino de integrarlo en un flujo emocional, modelando la forma de las percepciones sensoriales que el visitante experimenta dentro del espacio. Quizá este constituya, en síntesis, el rasgo distintivo del Arte Inmersivo desarrollado por Fake, el cual lo ha posicionado como uno de los artistas multimedia italianos más relevantes e influyentes del nuevo milenio.

STEFANO FAKE & THE FAKE FACTORY

¿Por qué decidiste trabajar la mirada digital del arte? ¿De qué se trata The Fake Factory?

Cuando inventamos el arte digital inmersivo a comienzos de los años dos mil —nosotros de The Fake Factory en Italia y también maestros como Iannuzzi en Francia— pensamos en utilizar la cultura del pasado como fuente de inspiración para crear una nueva forma de expresión artística vinculada a nuestro tiempo. Y el público entendió de inmediato la novedad y la originalidad de nuestro trabajo.

Toda la cultura del pasado es interesante y puede reinterpretarse y reinventarse: la música, la literatura, la pintura, la arquitectura… El pasado es una fuente inagotable de inspiración que también ayuda a comprender mejor nuestro presente.

Los seres humanos nos definimos por la capacidad de crear belleza con todos los medios que tenemos a nuestro alcance. Hoy en día, los lenguajes audiovisuales y las tecnologías digitales son las herramientas más adecuadas para narrar el mundo contemporáneo y también el mundo pasado.

Con esta obra inmersiva sobre Monet y los impresionistas podemos redescubrir su pintura con una mirada renovada y mediante una forma expresiva que activa los sentidos y despierta las emociones más profundas.

¿Cómo se construye una experiencia inmersiva?

Los elementos constitutivos de una experiencia de arte inmersivo son el espacio, la luz, las imágenes, la música y el público, entendido como una presencia activa y escenográfica dentro del espacio. Estos elementos son todos fundamentales y deben mantener un equilibrio equivalente dentro de la obra. Por esta razón, en nuestras exposiciones los elementos y los ejes narrativos no dependen únicamente de las pinturas que se muestran; dentro de una instalación inmersiva se integra toda la vida del pintor, su contexto histórico, los elementos constitutivos de su lenguaje pictórico, su evolución, la relación con otros artistas y con la historia del arte en general, los temas y los estilos recurrentes, así como la manera en que utilizamos la música para acompañar la narración.

Se trata de construir una auténtica dramaturgia audiovisual que se despliega en el espacio y envuelve emocionalmente al visitante.

Se trata de una nueva forma expresiva que no guarda relación con las exposiciones tradicionales, los documentales, las presentaciones de diapositivas de pinturas ni con cualquier otra forma de comunicación artística realizada hasta ahora. Por la manera en que se desarrolla la experiencia, se asemeja más a una experiencia teatral que a una muestra tradicional de pintura.

¿Cómo creés que se relacionan el arte con la tecnología? 

El arte y la tecnología siempre han estado vinculados a lo largo de los siglos, si entendemos la tecnología como cualquier innovación técnica que la civilización humana ha aplicado a los materiales y a los entornos en los que ha vivido. Basta pensar en la evolución química de la composición de los colores y, en consecuencia, de técnicas como el fresco, la pintura al óleo, la acuarela, los colores acrílicos o la impresión.

La historia de la humanidad es una continua evolución técnica y tecnológica; por ello, los artistas no hacen sino actuar como catalizadores de las nuevas informaciones que atraviesan la sociedad y, en consecuencia, encuentran nuevos formatos expresivos para representar lo real. Hoy el mundo es una combinación de realidad y virtualidad: cada individuo habita simultáneamente su realidad concreta y su infosfera digital. De este modo, el arte digital inmersivo no hace sino escenificar esta relación entre lo real y lo digital. Lo definimos como arte “physital”, en el que lo físico y lo digital coexisten en un mismo plano.

El principal desafío de nuestro trabajo es lograr que la tecnología pueda ampliar las obra del pasado sin sustituirlas: crear un espacio inmersivo donde la estética clásica dialoga con el lenguaje digital manteniendo autenticidad, intensidad expresiva y una experiencia emocional coherente con la intención original de los artistas clásicos.  

Las tecnologías y el lenguaje digital permiten la convergencia de todas las disciplinas en un mismo lugar. El espacio, la luz, la música, las imágenes y la narración son componentes de esta alquimia artística y deben equilibrarse con armonía para lograr un efecto de contemplación del arte.

Una exposición inmersiva es similar a un espectáculo teatral. El público se encuentra en una sala oscura, rodeado de figuras, músicas, personajes, situaciones y elementos naturales que lo transportan a una nueva dimensión. Se trata de entrar en el arte con todos los sentidos para descubrirlo, comprenderlo y amarlo aún más.

La fugacidad que perseguía Monet —esa luz cambiante que se desliza sobre el agua, las sombras que respiran, el color que vibra solo por un instante— encuentra en el lenguaje digital contemporáneo un nuevo territorio para manifestarse, aunque a través de medios muy distintos.

En un entorno digital, la traducción de esa inmediatez impresionista no consiste solo en reproducir sus pinceladas, sino en recrear la sensación de impermanencia que definía su mirada.

Los sistemas de proyección permiten simular variaciones de luminosidad sutiles y casi orgánicas, moduladas en tiempo real. Es una forma de convertir la pantalla o el espacio inmersivo en un equivalente digital del “cielo cambiante” que Monet observaba al aire libre.

¿Cómo fue el proceso de selección de las obras para la muestra inmersiva de Claude Monet? 

La experiencia de arte inmersivo dedicada a Monet y a los impresionistas franceses es un relato de 30 minutos que nos introduce literalmente en la revolución técnica y estilística que este grupo de artistas generó en la Francia de finales del siglo XIX. La narración se articula en una serie de escenas, cada una dedicada a un tema o a una técnica específica: el concepto de pintura en plein air, los estudios modernos sobre la síntesis del color, la noción de impresión y la velocidad de ejecución de los nuevos pintores impresionistas, el amor y la familia, la vida social en París y el tiempo libre, así como la naturaleza y el transcurso del tiempo y de las estaciones. La selección de más de 100 obras pictóricas de los impresionistas fue realizada precisamente con el fin de mostrar al público estos temas de la manera más completa posible.

La exposición, en su conjunto, se configura como un recorrido que permite adentrarse progresivamente en el arte impresionista. Comienza con una sección didáctica que presenta diversas reproducciones a escala de las obras más importantes de Monet y del movimiento impresionista. A continuación, se proponen dispositivos escenográficos que permiten interactuar con los elementos constitutivos de algunas de las obras más icónicas, como el puente japonés o la mujer con sombrilla.

Otras salas están dedicadas al tema de las flores, y permiten al público sumergirse en un flujo ininterrumpido de composiciones florales de colores, haciendo posible experimentar, por un instante, la sensación de convertirse en modelos impresionistas completamente envueltos por una naturaleza viva y cromáticamente intensa.

– ¿Cuáles fueron los desafíos de adaptar sus obras clásicas a esta experiencia digital? 

Nosotros, los artistas digitales, tratamos la pintura del mismo modo en que un director teatral trabaja con un texto escrito. Para un director de teatro, el punto de partida es la palabra, el corpus literario producido por Shakespeare, Molière o Plauto; a partir de ahí comienza a poner en escena, elemento tras elemento, aquello que el dramaturgo ha fijado en el papel.

En nuestro caso, el punto de partida son los elementos visuales, es decir, las pinturas, y desde ellos indagamos por qué se realizaron precisamente ese tipo de obras. A partir de ello construimos un relato compuesto de palabras, biografías, informaciones, sonidos y músicas, así como de atmósferas, con el objetivo de hacer comprensible de manera emocional el porqué —y no solo el cómo— de la realización de estas pinturas y la razón por la cual resultaron revolucionarias en la evolución histórica de las artes visuales.

Uno de los retos más significativos al transformar una pintura clásica en una experiencia inmersiva es encontrar un equilibrio entre fidelidad histórica y reinterpretación contemporanea de los pintores clásicos. Hay que hacer un trabajo profundo de análisis iconográfico y conceptual para evitar que la espectacularidad tecnológica pueda eclipsar la esencia del artista clásico. Creo que esta es una de las claves del éxito de nuestro trabajo: no hacemos espectáculos orientados únicamente al entretenimiento, sino una operación cultural profunda, llevando a escena el arte del pasado mediante el lenguaje y las tecnologías del arte contemporáneo.

Decía Wassily Kandinsky: “Toda obra de arte es hija de su tiempo y, a menudo, madre de nuestros sentimientos”, subrayando que el arte nace de un contexto espiritual y cultural específico, expresando el alma de una época. Y hoy el arte digital inmersivo representa plenamente el espíritu de nuestro tiempo. Se trata de crear un entorno envolvente capaz de mantener coherencia visual y narrativa, para que el publico pueda realmente “habitar” la pintura.  Una muestra de arte inmersiva significa, ante todo, crear un espacio lleno de emociones, porque el arte hoy en día debe experimentarse con todos los sentidos.

¿qué implica adaptarla a otros países?

El arte es un lenguaje universal. No existen barreras ni límites. Más allá de la voz en off, que se traduce y se reinterpreta por un actor en la lengua del lugar, no se producen modificaciones sustanciales entre los distintos países. El arte digital inmersivo nace con una vocación universal, para dirigirse a públicos de todas las edades y de cualquier procedencia social y cultural.

– ¿Cuál creés que es el legado de Monet? ¿y del impresionismo?

Monet y los impresionistas nos enseñan varias cosas: que cada ser humano es único y percibe la realidad a través de su propia mirada; que el mundo no debe reproducirse únicamente mediante la perfección técnica, sino a través del golpe de vista rápido que expresa emociones e impresiones fugaces; que el arte siempre ha estado y estará en continua evolución y que los artistas deben seguir su propia estrella, sin preocuparse por las críticas ni por los puntos de vista tradicionales y limitantes; que toda la realidad es interesante, especialmente las novedades, y que los artistas deben ser los primeros en ocuparse de ellas y hacerlas explícitas a través de su arte.

Al estudiar a los impresionistas, una de las corrientes de vanguardia más rupturistas con el pasado, se aprende que la tarea fundamental del arte es, ante todo, proporcionar a los seres humanos nuevos ojos para ver la realidad que los rodea.

Las pinceladas vibrantes del impresionismo, pensadas para sugerir lo efímero, se reinterpretan como texturas animadas, microfluctuaciones digitales que dan vida a superficies que nunca están quietas. la animación suave reproduce su espíritu. El color impresionista es una experiencia temporal. En lo digital, se traduce mediante gradientes vivos, modulaciones cromáticas y efectos de difusión que permiten que una misma escena “respire” tonalmente, casi como si estuviera siendo re-pintada a cada segundo.

Monet pintaba desde dentro del paisaje. Las instalaciones digitales inmersivas, al rodear al espectador por completo, buscan devolver esa sensación de presencia física: no mirar el paisaje, sino habitarlo. Así, la fugacidad se convierte en una experiencia corporal, no solo visual. el lenguaje digital permite recrear la poesía de lo instantáneo, no replicando el mundo que Monet veía, sino prolongando su intención: invitar al espectador a sentir que la luz está cambiando justo ahora, frente a sus ojos.

– También creaste la muestra inmersiva de Van Gogh, ¿qué recordás de esa experiencia? ¿qué otro artista te gustaría adaptar a este formato?

En los últimos diez años, más de siete millones de personas en todo el mundo han visitado nuestras exposiciones digitales inmersivas dedicadas a los artistas europeos del pasado. Van Gogh ha sido uno de los nombres de mayor éxito, pero también Klimt, Magritte, Leonardo da Vinci y Matisse han despertado un notable interés por parte del público, lo que demuestra que el arte es universal y atraviesa los siglos y las culturas.

El caso de Van Gogh es emblemático de este fenómeno, ya que las decenas de exposiciones inmersivas dedicadas a él en estos años —no solo las realizadas por nosotros, sino también otras versiones, más o menos logradas, surgidas en todos los continentes— representan precisamente esta fluidez del arte, que a lo largo del tiempo inventa nuevas formas de ser experimentado.

Hoy en día, uno de los rasgos más significativos de nuestra civilización es la presencia de internet y de la cultura de la web, lo que ha propiciado como nunca antes que la cultura del pasado sea remezclada, reinterpretada y resignificada. El Van Gogh “digital e inmersivo” constituye un título emblemático de este proceso cultural contemporáneo. Sin embargo, el mismo proceso —como hemos demostrado— puede aplicarse recurriendo a ese palimpsesto infinito de la cultura humana. Nos encontramos solo al inicio de este proceso, y nuevos artistas y nuevos periodos históricos serán objeto de atención por parte de los creadores multimedia.

¿por qué elegiste hacerla en el Teatro Colón en Argentina? 

Cada nuevo espacio nos lleva a replantear la instalación y las videoproyecciones para crear una experiencia única. El Teatro Colón es un lugar prestigioso, y estamos honrados de poder presentar nuestro trabajo en un sitio tan icónico. Hemos diseñado un recorrido para el público que le permita adentrarse en el arte poco a poco, para redescubrirlo no solo desde el punto de vista intelectual, sino también de manera multisensorial.

– ¿Por qué recomendarías ir a la experiencia? ¿por qué creés que cautiva al público argentino?

Recomendaría asistir a la experiencia inmersiva sobre Monet y los impresionistas en el Teatro Colón de Buenos Aires porque ofrece una forma innovadora y profundamente sensorial de acercarse a uno de los momentos fundamentales de la historia del arte moderno. No se trata simplemente de ver reproducciones de obras célebres, sino de entrar en un relato audiovisual que permite comprender, de manera intuitiva y emocional, la revolución estética y técnica que estos artistas impulsaron a finales del siglo XIX.

La experiencia propone un recorrido narrativo que integra imágenes, música, espacio y movimiento, y que sitúa al espectador dentro de los procesos creativos de Monet y de sus contemporáneos: su modo de mirar la realidad, su relación con la luz y el color, su vida cotidiana y su contexto histórico. De este modo, el público no solo reconoce las obras, sino que puede percibir las razones profundas de su radicalidad y su influencia en el desarrollo posterior del arte.

Además, el hecho de que esta propuesta se presente en un espacio emblemático como el Teatro Colón añade una dimensión simbólica y cultural particularmente significativa, al establecer un diálogo entre una institución histórica dedicada a las artes escénicas y un lenguaje contemporáneo como el arte digital inmersivo. La experiencia resulta así adecuada tanto para quienes ya poseen conocimientos artísticos como para públicos que se aproximan por primera vez al impresionismo, ofreciendo una forma accesible, rigurosa y emocionalmente envolvente de comprender por qué Monet y los impresionistas transformaron para siempre nuestra manera de ver el mundo.

Monet es un artista profundamente ligado a la observación de la naturaleza y a la experiencia íntima de la luz. 

¿Cuál fue el mayor desafío curatorial a la hora de traducir esa sensibilidad pictórica a un formato inmersivo y tecnológico?

El principal desafío curatorial consistió en traducir la poética de lo efímero característica de Monet al lenguaje digital sin comprometer su integridad conceptual y estética. Monet no se limitaba a representar paisajes o figuras humanas: su obra abordaba el tiempo, la variabilidad de la luz y la transformación continua de la atmósfera. Trasladar esta sensibilidad a un dispositivo inmersivo implicó ir más allá de la mera reproducción de las pinturas, con el objetivo de reconstruir la experiencia perceptiva del artista frente a la naturaleza: su práctica en plein air, su investigación cromática y su relación con los ciclos estacionales, el agua y los reflejos. En este sentido, la instalación se concibió como una narración visual orientada a explicar su mirada, y no como un simple espectáculo de imágenes.

Como ejemplo de esta aproximación, se desarrollaron entornos que recrean situaciones naturales en plein air dentro de las salas expositivas, de manera que el público se sitúe en una playa al amanecer, en un jardín en flor o inmerso en el movimiento del mar. El propósito fue suscitar sensaciones análogas a aquellas que pudieron experimentar los pintores impresionistas durante el proceso pictórico. 

Desde una perspectiva curatorial, el reto fue construir un recorrido que preservara la coherencia histórica y formal de las obras, evitando que el dispositivo tecnológico se impusiera sobre el contenido artístico. Este planteamiento se fundamenta en lo que definimos como un “uso poético de la videoproyección”, mediante el cual la luz digital adquiere un comportamiento orgánico, cercano a la cualidad viva de la luz natural perseguida por Monet.

Para ello, se recurrió a flujos continuos de proyecciones y animaciones, modulaciones cromáticas progresivas y ritmos visuales lentos, con el fin de generar una percepción de impermanencia coherente con su pintura. El objetivo no fue simular la naturaleza, sino evocar la experiencia emocional de estar inmerso en ella, permitiendo al espectador experimentar corporal y sensorialmente aquella misma atención íntima que Monet dedicaba a la luz y al paisaje.

Esta experiencia llega al Centro de Experimentación del Teatro Colón, un espacio con una carga simbólica muy fuerte vinculada a la tradición artística. ¿Cómo dialoga Monet Inmersivo con esa historia y qué aporta este contexto específico a la muestra?

Llegar al Centro de Experimentación del Teatro Colón tiene para nosotros un significado muy especial, porque se trata de un espacio profundamente ligado a la tradición artística y, al mismo tiempo, a la investigación contemporánea. Monet Inmersivo dialoga con esa historia precisamente desde la idea de continuidad: no entendemos la innovación como ruptura, sino como una nueva etapa dentro de un mismo proceso cultural. Así como Monet transformó el lenguaje pictórico de su tiempo, hoy el arte digital inmersivo intenta explorar nuevos modos de percepción acordes a nuestra época. El Teatro Colón aporta a la muestra un marco simbólico y arquitectónico que enriquece la experiencia. 

No se trata solo de exhibir una obra en un espacio neutro, sino de establecer un diálogo entre la memoria de un lugar dedicado históricamente a la música y a las artes escénicas y un lenguaje visual contemporáneo que también trabaja con dramaturgia, ritmo y emoción.  En este sentido, la instalación se aproxima más a una experiencia teatral que a una exposición tradicional, y el contexto del Colón potencia esa dimensión escénica. Además, presentar Monet Inmersivo en un espacio como el Centro de Experimentación subraya el carácter cultural del proyecto. No es un espectáculo tecnológico aislado, sino una propuesta que se inscribe en una institución que ha sido, durante décadas, un referente de excelencia artística. Esto nos permite situar la obra dentro de una genealogía de prácticas artísticas que atraviesan el tiempo, desde la pintura impresionista hasta las formas contemporáneas de creación digital, y ofrecer al público una experiencia en la que tradición e innovación conviven en un mismo plano.

En los últimos años, las experiencias inmersivas se multiplicaron en todo el mundo. ¿Qué cree que distingue a Monet Inmersivo de otras propuestas similares y cuál fue el criterio para evitar que la tecnología se imponga sobre la obra?

Creo que lo que distingue a Monet Inmersivo de muchas otras propuestas similares es que no parte de la tecnología como fin, sino de la obra y de la mirada del artista. Nuestro punto de partida no es “qué puede hacer la tecnología”, sino “qué quería expresar Monet” y cómo podemos traducir hoy esa sensibilidad a un lenguaje contemporáneo. La tecnología es un medio, no el protagonista. El verdadero centro del proyecto es la poética de la luz, del tiempo y de la naturaleza que atraviesa toda su pintura.

El criterio fundamental para evitar que la tecnología se imponga sobre la obra fue construir una dramaturgia coherente, basada en un estudio profundo de Monet y del impresionismo. Cada escena, cada movimiento de imagen, cada elección musical responde a un sentido narrativo y a un contenido histórico y estético preciso. No buscamos sorprender con efectos espectaculares, sino acompañar al espectador dentro de un proceso de comprensión sensible: por qué Monet pintaba así, qué estaba mirando, qué estaba cambiando en su época. En lugar de convertir los cuadros en un pretexto visual para un show tecnológico, intentamos que la tecnología se vuelva invisible, dejando que sea la mirada de Monet —su relación íntima con la luz y con el paisaje— la que guíe toda la experiencia.

Las exposiciones de arte digital inmersivo dedicadas a pintores del pasado —como Monet, Van Gogh, Klimt, Magritte o Leonardo da Vinci— se articularon históricamente, hasta el año 2017, en torno a tres núcleos fundacionales. En primer lugar, el desarrollado por Gianfranco Iannuzzi y su equipo en Francia, cuya labor inicial en las canteras de Les Baux-de-Provence dio origen posteriormente al Atelier des Lumières en París y a otros centros internacionales; en segundo lugar, mis realizaciones con el estudio THE FAKE FACTORY en el ámbito de prestigiosas instituciones museísticas italianas; y, en tercer lugar, la exposición itinerante Van Gogh Alive, producida por una empresa australiana.

Como consecuencia del notable éxito de público alcanzado por estas experiencias pioneras, el formato se expandió a escala global y atrajo a un número creciente de productoras. En este contexto, si bien puede afirmarse que se configuró un fenómeno de alcance internacional, también es cierto que la calidad de numerosas realizaciones posteriores no mantuvo estándares elevados, lo que dificultó la distinción entre propuestas de alto valor cultural y aquellas concebidas principalmente con fines de explotación comercial del formato. En efecto, proliferaron exposiciones inmersivas reducidas a simples secuencias de imágenes sin una línea narrativa coherente ni conceptualmente articulada, así como otras centradas en un ejercicio meramente estilístico de motion graphics, en las que la pintura quedaba subordinada a los efectos visuales. Resulta complejo, por tanto, alcanzar una síntesis equilibrada entre los diversos elementos que configuran una experiencia de arte inmersivo de calidad.

Puede establecerse, a este respecto, una analogía con el desarrollo histórico del cine, ámbito en el que el componente tecnológico es esencial y donde fue necesario un largo proceso para diferenciar entre el cine de autor y el cine comercial. De manera análoga, es previsible que en el futuro se otorgue una atención creciente a la dirección artística y a la autoría de las instalaciones inmersivas. A comienzos del siglo XXI se sembraron las bases para el desarrollo de esta nueva forma de espectáculo cultural. Exposiciones como la presentada en el Teatro Colón resultan fundamentales para consolidar dicha trayectoria. En consecuencia, persiste un amplio margen de avance en los planos curatorial y comunicativo, con el objetivo de legitimar y valorizar las experiencias inmersivas concebidas por los autores que dieron origen al formato y que, a lo largo del tiempo, han demostrado privilegiar la dimensión cultural de la propuesta.

La muestra combina proyecciones monumentales, música, narración y espacios interactivos. Desde su mirada como curador, 

¿qué rol juega el espectador hoy: sigue siendo un contemplador o se convierte en parte activa de la obra?

Creo que hoy el espectador ya no puede ser entendido únicamente como un sujeto pasivo que contempla una obra desde afuera. En una experiencia de arte inmersivo, y en particular en una muestra como Monet Inmersivo, el público se convierte en un componente estructural de la obra. El espacio, las proyecciones, la música y la narración están pensados para ser activados por la presencia humana: sin el cuerpo del espectador dentro del dispositivo, la instalación queda incompleta.

Desde una perspectiva curatorial, el espectador asume un rol escenográfico y narrativo al mismo tiempo. Su desplazamiento, su tiempo de permanencia, su atención y su disposición emocional determinan la manera en que la obra se experimenta. No se trata de una interactividad tecnológica en sentido estricto —no pedimos al visitante que “toque” una pantalla o ejecute una acción específica—, sino de una participación perceptiva: el espectador es quien reconstruye el sentido de la obra a partir del recorrido, de la escucha y de la inmersión sensorial.

En este sentido, diría que el público ya no es solo un contemplador, pero tampoco un autor de la obra: es un co-presente dentro de un entorno narrativo que lo envuelve. Su función es habitar el espacio artístico, dejarse atravesar por las imágenes, la música y la luz, y construir una experiencia personal a partir de una dramaturgia común. La obra, entonces, no se completa en la proyección, sino en la relación que se establece entre el dispositivo artístico y la sensibilidad del espectador.

Monet revolucionó la pintura en su tiempo, rompiendo con las convenciones académicas. ¿Ve algún paralelismo entre ese gesto impresionista y la manera en que hoy se reinterpreta su obra a través de lenguajes digitales?

Sí, veo un paralelismo muy claro entre el gesto revolucionario de Monet y el modo en que hoy su obra puede ser reinterpretada a través de los lenguajes digitales. Monet y los impresionistas rompieron con las convenciones académicas no solo en el plano técnico, sino, sobre todo, en la manera de mirar la realidad: abandonaron la representación idealizada y estable, para concentrarse en lo transitorio, en la vibración de la luz, en la experiencia inmediata del instante. En ese sentido, su revolución fue ante todo perceptiva.

El lenguaje digital, cuando se utiliza de forma consciente y poética, permite hoy una operación similar: cuestionar los modos tradicionales de presentar la pintura y proponer nuevas formas de relación entre la obra y el espectador. Así como Monet sacó la pintura del taller para llevarla al exterior, al aire libre, nosotros sacamos el cuadro del marco y de la pared para convertirlo en un espacio habitable. No se trata de sustituir la pintura, sino de prolongar su intuición: transformar la mirada en experiencia.

Creo que existe una afinidad profunda entre la poética impresionista y el medio digital contemporáneo. La pintura de Monet buscaba capturar lo efímero —una nube que pasa, un reflejo que cambia, una luz que se modifica en segundos— y el lenguaje digital, por su propia naturaleza, trabaja con flujos, con variaciones continuas, con imágenes que no son fijas sino que se transforman en el tiempo. En este sentido, la reinterpretación digital no contradice el espíritu impresionista, sino que lo traduce a una sensibilidad contemporánea.

Así como en su época Monet fue acusado de no “pintar bien” porque rompía con los cánones establecidos, hoy el arte digital inmersivo también es a veces cuestionado por alejarse del formato tradicional de la exposición. Pero en ambos casos el núcleo es el mismo: buscar nuevos modos de ver y de sentir la realidad. Y creo que ese impulso de ruptura y de invención es, precisamente, el punto de contacto más fuerte entre el impresionismo y las prácticas artísticas digitales actuales.

El éxito de público en Buenos Aires confirma un interés sostenido por propuestas que releen el arte clásico desde nuevas formas. 

¿Qué cree que busca hoy el público en este tipo de experiencias y qué le gustaría que se lleve después de atravesar Monet Inmersivo?

Creo que hoy el público busca, ante todo, una forma distinta de encontrarse con el arte. Vivimos rodeados de imágenes, pero muchas veces esas imágenes no generan una experiencia profunda. Las experiencias inmersivas responden a un deseo de volver a sentir el arte con el cuerpo, con el tiempo y con la emoción, no solo con la mirada intelectual. No se trata únicamente de aprender datos o reconocer obras famosas, sino de vivir un contacto más íntimo con la pintura, con su atmósfera y con el pensamiento del artista.

En el caso de Monet Inmersivo, percibo que el público busca comprender por qué Monet fue tan importante, pero también sentir lo que él sentía frente a la naturaleza: la atención a la luz, al cambio, a lo efímero. La experiencia propone un tiempo lento, una pausa dentro del ritmo acelerado de la vida contemporánea, y creo que eso es algo muy necesario hoy. Es una forma de contemplación del arte que no es pasiva, sino profundamente sensorial.

Lo que se espera que el público adquiera tras recorrer Monet Inmersivo no es únicamente un recuerdo de carácter visual, sino una modificación sustantiva de su modo de percibir. La finalidad es que el espectador desarrolle una sensibilidad más aguda hacia su entorno inmediato: la luz vespertina, los reflejos sobre el agua, las variaciones del cielo y aquellos detalles mínimos que suelen pasar inadvertidos en la experiencia cotidiana. Si la instalación consigue que, al abandonar el teatro, el visitante observe la realidad con mayor atención y con una disposición emocional más abierta, puede considerarse que el dispositivo artístico ha alcanzado su propósito.

En términos más amplios, estas propuestas resultan eficaces en la medida en que no se presentan como sustitutos del arte clásico, sino como mediaciones capaces de reactivar el interés por él: suscitar el deseo de acudir a un museo, de contemplar una obra pictórica con mayor detenimiento y de comprender que la pintura no constituye un vestigio del pasado, sino una forma de pensamiento visual aún vigente. Este constituye, en mi opinión, el sentido más profundo de las experiencias inmersivas dedicadas a los grandes maestros de la historia del arte.